Edoardo Salvaterra entró en la iglesia; afuera volvía a llover, así que su gran paraguas negro, plegado, chorreaba sobre el piso. Vestía, como si fuera fiesta, un traje crema de lino y se cubría con un superfino del montecristi. Llevaba, también, su bastón con empuñadura de oro y los gemelos que le regaló para su último aniversario el gobernador del Departamento. Arrodillado, dándole la espalda y frente al altar, estaba su hermano Giacomo, el sacerdote de Renzollia. A buen seguro éste lo habría oído llegar, pero no se giró para reconocerle. Sentada, sin mirarle, una mujer con su bebé también rezaba. Edoardo, con medida ceremonia, se acercó al gajo de piedra que era la pila, humedeció las yemas de sus gruesos dedos en agua bendita y se persignó con torpeza, como si no recordara cómo debía hacerlo.
- Don Edoardo - oyó susurrar a su vera.
La mujer, menuda y hermosa, se había alzado de su banqueta dispuesta a besarle la mano. Vestía un vestido barato, oscuro y plisado, iba descalza y odiaba con toda su alma al hombre que había sentenciado a su marido.
- Renata ... - concedió Salvaterra, falsamente compungido.
La muchacha, apretando a su niña contra el pecho, rozó con sus labios el ostentoso anillo de la mano que le ofrecía su pérfido cuñado.
- No os faltará de nada. Ni a tí, ni a tu hija - anunció el hombre, teatralizando su pena. Ella, para no mostrar la ira que escapaba de su mirada, agachó la cabeza.
- El tiempo todo lo cura - quiso añadir Edoardo - Eres joven y muy bella; cuando acabe tu luto, te encontraré un buen esposo.
Renata, apretando los dientes, dudó. Y dudó porque, tal como había temido, no tenía valor para abandonar a su niña en la Iglesia y, después, colgarse de la rama más fuerte de un árbol solitario. Dudó porque, en ese preciso instante, deseó agarrar del cuello a aquel demonio, que había ordenado asesinar al que había sido su marido, Oliverio Salvaterra, y ahogarlo con sus pequeñas pero fuertes manos. Dudó, tal vez, porque lo único que quería, el único horizonte que vislumbraba, era salido huyendo, gritar como poseída, y desaparecer de Triticae, apartarse del pasado, para siempre.
- Me matarías. Lo sé - dijo don Edoardo, en tono paternal - Pero no lo harás. Eres solo una hembra.
El hombre, en ese momento, encontró la perlada mirada de la Virgen de las Nieves, la misma a la que Giacomo, aún, imploraba perdón. Estaba ahí mismo, a la diestra del Cristo, sobre un sencillo pedestal de madera, incomodándole.
- ¿Piensa que, por ser mujer, no soy capaz de matarle?
La ponzoña escupida con su reproche hizo que Renata, arrepentida, retemblara de miedo. Miró un instante a su criatura, que no había vivido aún su primer verano. Y, de inmediato, supo la respuesta a tan estúpida pregunta.
- No es el momento de perder la cabeza, muchacha. Sobreponte a la desgracia y reza a la Virgen por el alma de mi hermano. Si haces lo que te digo, tú y tu hija tendreís una buena vida.
Renata se percató de que Giacomo, frente al altar, se había alzado. Tras santiguarse tres veces, el sacerdote desanduvo el camino que le separaba de don Edoardo sin dar la espalda al Cristo crucificado. La mujer, viendo que Salvaterra también lo seguía con la mirada, aprovechó para escapar por la puerta con su niña.
- ¿Qué hace aquí? - rugió enfrentándose a su hermano.
- Buscar - contestó don Edoardo.
- ¿Buscar qué? ¿Más sangre?
Don Edoardo, descarado, sonrió al cura como solo sonríen los que saben que se enfrentan a un cobarde.
- La tuya, tal vez.
Giacomo, amedrentado, tensó los hombros. Quiso cerrar las manos, apretar las uñas contra las palmas, golpear a su hermano mayor, dañar a ése que tanto sufrimiento venía sembrando. Pero el peso de su traición desarmó sus manos como si, en lugar de dedos, de ellas pendieran pétalos.
- ¿Por qué? - balbuceó entre lágrimas.
Edoardo lo tomó por las orejas. Sus ojos, enrojecidos, no querían mirarle.
- ¿Que porqué? - respondió el otro irritado -. Porque Oliverio quería asesinarme. Por eso. Edoardo Salvaterra - y, dicho su propio nombre, bajó las manos para sujetar la cara de Giacomo - solo mata cuando no tiene otra opción. ¿Qué clase de persona crees que soy?
- Ya no lo sé ...
El sacerdote seguía llorando.
- Yo sí - se jactó el otro -. Soy un superviviente. Como tú lo eres, a tu manera. Como todos lo somos. Tú elegiste traicionar a Oliverio. Pudiste traicionarme a mí, y sería yo, ahora, quién estuviese muerto. Pero fuiste inteligente, y supiste elegir.
Giacomo agachó aún más la cabeza.
- No sé ... - alcanzó a decir el joven cura.
La carcajada de don Edoardo estalló con brío en el templo. Palpitó sobre los muros, lamió la bóveda de arista y, decrépita, murió en ese punto íntimo donde lo hacen las palabras.
- Te lo acabo de decir, querido hermano: eres un superviviente. Sabías que, conmigo a tu lado, todo te será más fácil. Tomaste la mejor decisión.
El atormentado Giacomo seguía con la cara tapada por las manos de su hermano. Sus dedos le tapaban los ojos. Sus palmas le cegaban la boca. Entre sus yemas, heladas, corrían las lágrimas. Le estremecía recordar que había sido él mismo, persuadido por Oliverio, el que dejó la pistola en la sacristía. Le abrasaba las entrañas pensar que el chico, el monaguillo al que todo el pueblo llamaba Cuerdavaca, abandonó por su culpa el buen camino, que él, Giacomo Salvaterra, debía haber impedido que aquel pobre muchacho acabase siendo el peón del que se habían valido las ambiciones de sus dos hermanos. Sentía con desbordada angustia que su tarea, la obra cristiana a la que había decidido dedicar su vida, quedaba aplastada para siempre bajo el lastre del mal auspiciado.
- Te haría bien hablar con tu confesor - le aconsejó don Edoardo, que, desde siempre, pareció leer su mente.
Giacomo torció la boca al tiempo que, dando un paso atrás, apartaba aquellas siniestras manos de su semblante.
- ¿Es eso lo que ha venido a buscar, don Edoardo? ¿Confesión?
Don Edoardo, pausadamente, se descubrió. Buscó los ojos del hermano, que le esquivaban desde abajo, a la altura de su esternón. Cruzando las manos sobre el bastón, con el sombrero sobre la empuñadura, le amenazó arrimándole su aguileña nariz.
- Busco al muchacho. Al hijo del matarife. Al que llaman Cuerdavaca.
miércoles 20 de mayo de 2009
domingo 10 de mayo de 2009
Capítulo II. Día de mercado.
Se dice en Italia que las tres cosas más bellas que un hombre puede contemplar en el mundo son una mujer con un recién nacido en su regazo, un barco en alta mar con las velas desplegadas y, en el verano, un campo de trigo mecido por el viento. Cuerdavaca no había escuchado jamás tal sentencia. A decir verdad, contemplaba el sinuoso océano de espigas con absoluta indolencia; a buen seguro, lo más hermoso que jamás habían visto sus ojos era aquello que, alojado bajo su ropa, asumía como su más valiosa posesión: la preciosa Beretta negra, rescatada de las sombras de una sacristía.
Cuando el tren arribó a la remozada estación de Triticae, Cuerdavaca bajó al andén junto al resto de pasajeros. Era sábado, día de mercado, y a su alrededor el gentío bullía con absoluto desgobierno. Entre puestos, coches y gentío, el muchacho pasó como pasa un mal presagio, fugaz pero presto a causar daño, hasta quedar apostado en la esquina convenida. Allí le encontró el tercer hermano Salvaterra, Oliverio.
- Eres solo un crío - le dijo, como si no fuera obvio.
Cuerdavaca no le respondió. Ni siquiera le miró a la cara. De haberlo hecho, se hubiera percatado de que aquel tipo corpulento le había dedicado un elocuente gesto de piedad.
- ¿Podrás hacerlo? - le espetó tras regresar la vista, de nuevo, a la multitud.
El muchacho, sin apartar la mirada, tampoco contestó.
- Está al final de la calle, donde Cosimo. Habrá mucha gente, pero lo reconocerás enseguida porque es el único tipo que no se queda de pie;estará sentado en la única mesa del local, mirando al frente, al lado de las tragaperras. Allí te está aguardando.
Una niña con deportivas rosas, de no más de cinco años, se acercó hasta ellos y, a escondidas, entregó algo a Oliveiro.
- Este es tu salvoconducto - desveló Oliveiro, que le agarró de la muñeca derecha para, sin mostrarle el pequeño objeto ni un solo instante, introducirlo delicadamente en un bolsillo de su impermeable - Muéstraselo solo a él. Si logras salir de ahí sano y salvo, te esperaré detrás de la antigua fábrica de lejía. Suerte.
Cuerdavaca, sin despedirse siquiera, agachó la cabeza y avanzó. No se mostraba nervioso, pues asumía que no tenía por que estarlo. La muchedumbre que bajaba junto a él, como un río desbocado, le acompañó en pos de la plazoleta, donde se escuadraba el bar de Cosimo. Entre voces y trompicones, quiso cruzársele una desvencijada furgoneta que, como a los que junto a él caminaban, a poco estuvo de atropellarlo. Pero el zagal ganó de un salto la acera y, desentendiéndose del revuelo que se organizó en torno al temerario conductor, cruzó la puerta del lugar señalado.
- Mierda - masculló Oliveiro, que lo vigilaba a distancia.
Cuerdavaca miró a su alrededor; apenas tenía espacio para hacerse paso. Al procurarlo, fue bamboleado sin miramientos por los clientes del bar, que se atrincheraban en su palmo de suelo con una cerveza en la mano; todos eran hombres, de mala e incluso pésima calaña, y, los que repararon en su presencia, le miraban con desprecio. Al llegar a las tragaperras, tras recibir un codazo en la cabeza, se encontró con la mirada de Edoardo Salvaterra. Le esperaba en silencio, bien vestido y solo, como si le envolviera un muro invisible que nadie, con semejante bullicio, osara franquear. El tipo, con estudiado ademán, le ordenó que se acercara. De inmediato, se abrió un pasillo franco entre la gentuza que salvaguardaba su peculiar retiro y Cuerdavaca, apretando los dientes, le obedeció. Tenía ambas manos al aire. Una, la izquierda, seguía apretando la redondez del objeto que se le diera. La otra, la derecha, acariciaba el gatillo de su Beretta.
- ¿Tienes algo que darme de parte de mi hermano Oliverio? - bramó Edoardo Salvaterra, al tiempo que aferraba su brazo armado.
- Sí - contestó Cuerdavaca, sorprendido de que don Edoardo supiera que fuera diestro.
- Dámelo entonces - le ordenó, soltándole sin perder sus ojos de vista.
Cuerdavaca no sopesó su decisión. Un grave silencio, repentino, se adueñó de la sala. Con mano izquierda ofrecida, sobre la corta línea de la vida, apareció un pequeño guijarro de río, suave como mármol pulido.
- ¿Y el arma?
¿Donde te espera? - quiso saber el hombre, al tiempo que alzaba un vaso de vino con la otra mano.
- Donde tú pensabas - alumbró el muchacho, con insolencia -. Después de que te haya matado.
Salvaterra, el malvado Salvaterra, se bebió el trago de una sola vez. Tenía la papada colorada, como si estuviera recién afeitada.
- ¿Te ha gustado la Beretta? - se interesó sin disimular el desagrado que le provocaba que un mocoso, un asqueroso mocoso, insinuara retarle.
- Algo - mintió el otro.
- Pues vete. Desaparece. Si te necesito para otra cosa, ya haré por encontrarte.
Cuerdavaca, libre al fin, exhibió una sonrisa canina, de esas que dibujaba sin esfuerzo. Con el dedo todavía en el gatillo, dio la espalda a Salvaterra, dispuesto a largarse. A medio camino de la salida, entre apreturas y algún que otro insulto, le sobresaltó el trueno de un tiro. Los hombres comenzaron a gritar, el caos se adueñó del bar y un hombre barbado, de nariz minúscula y traje de domingo, guardó su arma recién detonada. Cuerdavaca corría por el mercado y la muchedumbre ya creía que don Edoardo había sido asesinado.
- ¿Vamos ya a por Oliverio, amo? - dijo el chato.
La mirada de Edoardo Salvaterra, fija en el agujero que la bala había mordido en el techo, era la de una fiera.
- Ya estará al tanto de mi muerte. Se irá enseguida hacia la vieja fábrica de padre.
El sicario, ceñudo, dejó escapar una estremecedora sonrisa.
- ¿Y con el chico qué hacemos, amo?
Salvaterra enterró la lengua en el hueco que celaban sus dos únicas muelas de oro.
- Que el griego, con todo este alboroto, se ocupe de él. Dos tiros y al río. Ese chiquillo es el mísmisimo diablo, así que más vale mandarlo cuanto antes al infierno.
Cuerdavaca ya había ganado la cuesta. La fábrica quedaba lejos, a las afueras del pueblo, aledaña a las eras. Conocía bien Triticae, sí. Su madre, y la madre de su madre, habían nacido allí. Eran parientes de los Salvaterra. Podía suceder, incluso, que, entre tanta gente que chillaba y corría, hubiera quién supiese qué hacía en el pueblo. Al fin, dobló la esquina que le devolvía a la estación sin mirar siquiera el camino que conducía hasta donde le habían citado. Le seguían. Lo sabía. Era Panos, uno de los hombres de don Edoardo. El tren no había llegado y, en el andén, como él, había más personas que lo esperaban. Vio a la mujer de las rosas que, con los ojos desorbitados, le devolvió la mirada. Tras ella, con las manos en los bolsillos, esperaba Panos, más pelado de lo que lo había visto otras veces y en mangas de camisa. La mujer, seguramente, pensó en correr para prevenir a Oliveiro, que esperaba a Cuerdavaca en la fábrica. No pudo, porque el griego, puñal en mano y por la espalda, la degolló antes de que diese un solo paso. A la carrera, como si hubiera esperado la reacción del calvo, Cuerdavaca cruzó las vías y saltó una cerca, la que guardaba un campo de naranjos del mismisimo don Edoardo, dueño y señor de Triticae. El asesino, veloz, volaba tras él. El día anterior había llovido mucho y la galopada, sobre el barrizal, fastidió al cretense, que aquel mismo día había estrenado pantalones. Al perder al muchacho tras una línea de árboles, sacó su revólver. Le habían advertido que Cuerdavaca tenía una pistola, pero no esperaba que supiera, ni osara, usarla contra él. Con los zapatos enfangados, cantando amenazas, siguió el claro rastro de su presa hasta llegar a un herbazal jugoso, desnudo de frutales. Al girar la cintura para vigilar su retaguardia se encontró con la Beretta de Cuerdavaca apuntándole al entrecejo. El chico no pestañeaba, ni apretaba los dientes, ni mostraba el miedo que hubiera debido tener. Parecía como si, en lugar de una pistola, hubiera tomado una tiza, como si conociera la lección y estuviera listo para resolver una suma en la pizarra del colegio. Panos, dándose por vencido, dejó caer su arma sobre el fango pero el disparo a bocajarro le estalló en la frente, reventó su craneo, le hizo balancear hasta caer de espaldas, sin permitirle que de su boca escapara un solo gemido. Cuerdavaca, con la cara salpicada de sangre, guardó la Beretta bajo el abrigo. Era hora, como había dicho Edoardo Salvaterra, de desaparecer.
Cuando el tren arribó a la remozada estación de Triticae, Cuerdavaca bajó al andén junto al resto de pasajeros. Era sábado, día de mercado, y a su alrededor el gentío bullía con absoluto desgobierno. Entre puestos, coches y gentío, el muchacho pasó como pasa un mal presagio, fugaz pero presto a causar daño, hasta quedar apostado en la esquina convenida. Allí le encontró el tercer hermano Salvaterra, Oliverio.
- Eres solo un crío - le dijo, como si no fuera obvio.
Cuerdavaca no le respondió. Ni siquiera le miró a la cara. De haberlo hecho, se hubiera percatado de que aquel tipo corpulento le había dedicado un elocuente gesto de piedad.
- ¿Podrás hacerlo? - le espetó tras regresar la vista, de nuevo, a la multitud.
El muchacho, sin apartar la mirada, tampoco contestó.
- Está al final de la calle, donde Cosimo. Habrá mucha gente, pero lo reconocerás enseguida porque es el único tipo que no se queda de pie;estará sentado en la única mesa del local, mirando al frente, al lado de las tragaperras. Allí te está aguardando.
Una niña con deportivas rosas, de no más de cinco años, se acercó hasta ellos y, a escondidas, entregó algo a Oliveiro.
- Este es tu salvoconducto - desveló Oliveiro, que le agarró de la muñeca derecha para, sin mostrarle el pequeño objeto ni un solo instante, introducirlo delicadamente en un bolsillo de su impermeable - Muéstraselo solo a él. Si logras salir de ahí sano y salvo, te esperaré detrás de la antigua fábrica de lejía. Suerte.
Cuerdavaca, sin despedirse siquiera, agachó la cabeza y avanzó. No se mostraba nervioso, pues asumía que no tenía por que estarlo. La muchedumbre que bajaba junto a él, como un río desbocado, le acompañó en pos de la plazoleta, donde se escuadraba el bar de Cosimo. Entre voces y trompicones, quiso cruzársele una desvencijada furgoneta que, como a los que junto a él caminaban, a poco estuvo de atropellarlo. Pero el zagal ganó de un salto la acera y, desentendiéndose del revuelo que se organizó en torno al temerario conductor, cruzó la puerta del lugar señalado.
- Mierda - masculló Oliveiro, que lo vigilaba a distancia.
Cuerdavaca miró a su alrededor; apenas tenía espacio para hacerse paso. Al procurarlo, fue bamboleado sin miramientos por los clientes del bar, que se atrincheraban en su palmo de suelo con una cerveza en la mano; todos eran hombres, de mala e incluso pésima calaña, y, los que repararon en su presencia, le miraban con desprecio. Al llegar a las tragaperras, tras recibir un codazo en la cabeza, se encontró con la mirada de Edoardo Salvaterra. Le esperaba en silencio, bien vestido y solo, como si le envolviera un muro invisible que nadie, con semejante bullicio, osara franquear. El tipo, con estudiado ademán, le ordenó que se acercara. De inmediato, se abrió un pasillo franco entre la gentuza que salvaguardaba su peculiar retiro y Cuerdavaca, apretando los dientes, le obedeció. Tenía ambas manos al aire. Una, la izquierda, seguía apretando la redondez del objeto que se le diera. La otra, la derecha, acariciaba el gatillo de su Beretta.
- ¿Tienes algo que darme de parte de mi hermano Oliverio? - bramó Edoardo Salvaterra, al tiempo que aferraba su brazo armado.
- Sí - contestó Cuerdavaca, sorprendido de que don Edoardo supiera que fuera diestro.
- Dámelo entonces - le ordenó, soltándole sin perder sus ojos de vista.
Cuerdavaca no sopesó su decisión. Un grave silencio, repentino, se adueñó de la sala. Con mano izquierda ofrecida, sobre la corta línea de la vida, apareció un pequeño guijarro de río, suave como mármol pulido.
- ¿Y el arma?
¿Donde te espera? - quiso saber el hombre, al tiempo que alzaba un vaso de vino con la otra mano.
- Donde tú pensabas - alumbró el muchacho, con insolencia -. Después de que te haya matado.
Salvaterra, el malvado Salvaterra, se bebió el trago de una sola vez. Tenía la papada colorada, como si estuviera recién afeitada.
- ¿Te ha gustado la Beretta? - se interesó sin disimular el desagrado que le provocaba que un mocoso, un asqueroso mocoso, insinuara retarle.
- Algo - mintió el otro.
- Pues vete. Desaparece. Si te necesito para otra cosa, ya haré por encontrarte.
Cuerdavaca, libre al fin, exhibió una sonrisa canina, de esas que dibujaba sin esfuerzo. Con el dedo todavía en el gatillo, dio la espalda a Salvaterra, dispuesto a largarse. A medio camino de la salida, entre apreturas y algún que otro insulto, le sobresaltó el trueno de un tiro. Los hombres comenzaron a gritar, el caos se adueñó del bar y un hombre barbado, de nariz minúscula y traje de domingo, guardó su arma recién detonada. Cuerdavaca corría por el mercado y la muchedumbre ya creía que don Edoardo había sido asesinado.
- ¿Vamos ya a por Oliverio, amo? - dijo el chato.
La mirada de Edoardo Salvaterra, fija en el agujero que la bala había mordido en el techo, era la de una fiera.
- Ya estará al tanto de mi muerte. Se irá enseguida hacia la vieja fábrica de padre.
El sicario, ceñudo, dejó escapar una estremecedora sonrisa.
- ¿Y con el chico qué hacemos, amo?
Salvaterra enterró la lengua en el hueco que celaban sus dos únicas muelas de oro.
- Que el griego, con todo este alboroto, se ocupe de él. Dos tiros y al río. Ese chiquillo es el mísmisimo diablo, así que más vale mandarlo cuanto antes al infierno.
Cuerdavaca ya había ganado la cuesta. La fábrica quedaba lejos, a las afueras del pueblo, aledaña a las eras. Conocía bien Triticae, sí. Su madre, y la madre de su madre, habían nacido allí. Eran parientes de los Salvaterra. Podía suceder, incluso, que, entre tanta gente que chillaba y corría, hubiera quién supiese qué hacía en el pueblo. Al fin, dobló la esquina que le devolvía a la estación sin mirar siquiera el camino que conducía hasta donde le habían citado. Le seguían. Lo sabía. Era Panos, uno de los hombres de don Edoardo. El tren no había llegado y, en el andén, como él, había más personas que lo esperaban. Vio a la mujer de las rosas que, con los ojos desorbitados, le devolvió la mirada. Tras ella, con las manos en los bolsillos, esperaba Panos, más pelado de lo que lo había visto otras veces y en mangas de camisa. La mujer, seguramente, pensó en correr para prevenir a Oliveiro, que esperaba a Cuerdavaca en la fábrica. No pudo, porque el griego, puñal en mano y por la espalda, la degolló antes de que diese un solo paso. A la carrera, como si hubiera esperado la reacción del calvo, Cuerdavaca cruzó las vías y saltó una cerca, la que guardaba un campo de naranjos del mismisimo don Edoardo, dueño y señor de Triticae. El asesino, veloz, volaba tras él. El día anterior había llovido mucho y la galopada, sobre el barrizal, fastidió al cretense, que aquel mismo día había estrenado pantalones. Al perder al muchacho tras una línea de árboles, sacó su revólver. Le habían advertido que Cuerdavaca tenía una pistola, pero no esperaba que supiera, ni osara, usarla contra él. Con los zapatos enfangados, cantando amenazas, siguió el claro rastro de su presa hasta llegar a un herbazal jugoso, desnudo de frutales. Al girar la cintura para vigilar su retaguardia se encontró con la Beretta de Cuerdavaca apuntándole al entrecejo. El chico no pestañeaba, ni apretaba los dientes, ni mostraba el miedo que hubiera debido tener. Parecía como si, en lugar de una pistola, hubiera tomado una tiza, como si conociera la lección y estuviera listo para resolver una suma en la pizarra del colegio. Panos, dándose por vencido, dejó caer su arma sobre el fango pero el disparo a bocajarro le estalló en la frente, reventó su craneo, le hizo balancear hasta caer de espaldas, sin permitirle que de su boca escapara un solo gemido. Cuerdavaca, con la cara salpicada de sangre, guardó la Beretta bajo el abrigo. Era hora, como había dicho Edoardo Salvaterra, de desaparecer.
martes 5 de mayo de 2009
Capítulo I. Una Beretta en la sacristía
Cuerdavaca, de un empellón, abrió el portón de la iglesia. Afuera llovía, así que el piso de vieja arcilla cocida fue calándose a su paso. Plantado frente al altar iluminado por la danzarina luz de los cirios, descubrió, esquinado en un lóbrego rincón, el umbral que debía cruzar. Se acercó a él. Asió la dorada manilla de la puerta. Pasó y dejó abierto tras de sí. La sacristía, suspendida sobre un abismo de oscuridad absoluta, olía a alcanfor. Quiso buscar un interruptor en la pared que debía quedar a su derecha, pero ni siquiera ésta se le ofrecía. De pronto, ploc, estalló un ruido seco, contundente, el ruido que provoca un objeto pequeño y pesado al estrellarse contra la madera. Sintió el vértigo correr por su columna, voraz, hasta la temblorosa nuca. No estaba solo. No. Lo esperaba, mierda, pero no de esa manera, tan indefenso, ciego, asomado ante esa inesperada negrura. Con las pupilas contraídas, muerto de miedo, echó a andar para soterrar el punzante deseo de huir, arrastrando los pies sobre el piso, extendiendo los dedos hacia el tenebroso infinito. De pronto, ay, algo invisible, una línea sólida e invisible, se interpuso en su camino. Tendió las manos sobre la cosa. La tentó. Comprobó, o imaginó más bien, que no era más que una mesa. Una mesa grande. Un escritorio, tal vez. Palpó su superficie, lacada y desnuda. Deslizó las yemas sobre los desconcertantes cantos de los costados, cortorneándola. Al fin, pegada a una arista, la encontró. La Beretta, la hermosa Beretta, se le ofreció fría como una piedra en invierno, perfecta como la caída en picado de un gavilán sobre su presa. La tomó, precavido, con la diestra. Arrebatado por un fugaz arranque de júbilo, la empuñó. Sucedió entonces, por vez primera, que escuchó en aquel cuarto el sonido que emite una boca ajena al espirar. Cuerdava no dijo nada, para no delatar su pánico. Con el aliento contenido, se giró con torpeza y, mirando hacia la puerta de la sacristía, lumínicamente recortada en la infinita profundidad, marchó hacia ella. Al otro lado del mueble, de la mesa dorada de patas cabriolé afaldonada con ocho cabezas de ocho querubines custodios, alguien lo observaba. Alguien que lo conocía, alguien que esperaba algo de él. Cuerdavaca, acuciado por la angustia, alcanzó su objetivo y, pese al súbito deslumbramiento que padeció, continuó hasta la claridad del altar, donde se apostó durante unos segundos, tal vez un instante, con el arma presta y el rostro desencajado. Nadie, mientras estuvo allí, salió de la oscuridad para abordarle. Nadie parecía que fuera a hacerlo. Con las esforzadas niñas de sus ojos, examinó la Beretta. No se tenía por un estúpido, por lo que ya sabía, y las muescas así lo decían, que la pistola era usada. Lo que sí ignoraba, y nunca llegaría a averiguar, era que esa Beretta semiautomática había sido fabricada en Maryland, que había abatido su primera víctima en el desierto persa y que un sicario albanés, el mismo día en que fue asesinado, se había esmerado en limpiarla con gasolina y aceitarla. Resuelto a cumplir su trato, la sopesó. Para su brazo derecho, el de un flacucho de diecisiete años, se ofreció poderosa. Tanteó el seguro, desgajó el cargador y comprobó, satisfecho, que atesoraba diez balas. Repentinamente, con desagrado, recordó el no encuentro de la sacristía; dio la espalda al mármol y al bronce, pasó entre las hileras de bancos de madera y, camino de la salida, fue a topar con la imagen de un santo de mirada furibunda que, espada en ristre y vestido con armadura y capa colorada, coceaba a un moro a lomos de un corcel blanco. Con ligereza, sin pensarlo, encañonó el entrecejo del Santiago Matamoros. Pero no disparó. Bajó la cabeza, luego el arma y desandó el camino que le restaba hasta el portón. La Beretta, al cruzar el soportal, ya estaba escondida. Era martes. Diluviaba, y los vitrales de la fachada, un rosetón que representaba el corazón de María atravesado por espadas, parecían grises. Con media sonrisa adornándole la cara, echó a andar sin esquivar los charcos, dispuesto a no darle una sola oportunidad a la duda que le acechaba. No había nadie en la calle. Ni un conocido con el que cruzarse, ni una feligresa a la que saludar, nadie que se atreviera a preguntar que era aquel bulto sospechoso que había cobijado bajo su chusbaquero. Solo lluvia, negra lluvia, y asfalto desierto. Sin mirarlo una sola vez, pasó junto al edificio donde vivía su gente. Cuerdavaca, bien lo sabía, no volvería a verlo.
De mayor no sería sacerdote, como su tío. Ni matarife de cerdos, como su padre. Su quehacer sería liquidar otro tipo de víctimas. Así que siguió caminando en silencio, presto a saldar cuanto antes la deuda contraida.
De mayor no sería sacerdote, como su tío. Ni matarife de cerdos, como su padre. Su quehacer sería liquidar otro tipo de víctimas. Así que siguió caminando en silencio, presto a saldar cuanto antes la deuda contraida.
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